Las inéditas protestas contra la central energética tienen un pulso distinto al de movilizaciones anteriores en el país. Niños, abuelos y estudiantes se han reunido a manifestar su descontento. Una insatisfacción que gira no sólo alrededor del tema ambiental, sino que concentra disgustos y demandas diversas de una población que abre después de mucho tiempo un nuevo escenario social.
Incidentes hay. Carabineros golpeados, intentos de quemar alguna farmacia o un McDonald. Pero hay una masa de personas muy superior a los que generan estas instancias. Una masa que avanza por más de dos horas sin que llegue carabineros con los guanacos y zorrillos, y que se expresa pacíficamente caminando con pancartas por las calles principales. Se trata de un grupo heterogéneo compuesto por jóvenes entre 18 y 30 años en su mayoría, pero que suma la presencia de adolescentes de incipientes espinillas, abuelos de aspecto amoroso y niños que bailan al ritmo de las batucadas que golpean al son de “Patagonia sin represas”.
Lucas Barrios (18) fue a su primera marcha el 13 de mayo, por Hidroaysén. “El principal comentario que me influyó fue el de mi hermano que me dijo conformista por no salir a la calle”, afirma Lucas. Cuenta que sus padres son muy sobre protectores, ya que cada vez que quería ir a una marcha le decían que no, “porque mi colegio era privado y me decían que yo no tenía nada que hacer ahí: un ejemplo de la poca empatía que tenemos entre nosotros”.
Para Lucas, la alta convocatoria de estas protestas representa “el descontento popular, porque el sistema no se adapta a las necesidades actuales y se ignoran muchos problemas”.
“Creo que hay poca información respecto de temas ligados a las empresas. Me preocupa que se tomen decisiones sin tomar en cuenta a la gente y ya no quedan otros medios para ser escuchados, sólo las movilizaciones”, dice Mabel Carabelli (19), estudiante de segundo año de cine en la U. de Chile que ha ido a registrar imágenes a las últimas protestas. Mabel ha grabado la atmósfera de las manifestaciones: “niños y abuelitas gritando por una causa, me parece un material interesante para tener como testimonio de lo que está pasando”, asegura.
La tónica de las actuales movilizaciones ha sido la presencia de un nuevo público que se manifiesta de forma pacífica y que se suma a los que marchaban en protestas masivas anteriores. Si bien se ven encapuchados, conforman una suma ínfima en relación al resto del público de las caminatas nocturnas. Y esto en las diferentes zonas del país. En los registros de las protestas en diferentes regiones, imágenes que son subidas a youtube o a las redes sociales, se puede observar a gente de todas las generaciones alzando pancartas.
“Hay un cambio en el espacio público, ya que se están agrupando personas que no son acogidas por estructuras de la elite política”, afirma Fernando García, profesor del área de comunicación pública en la UDP, quien explica la emergencia de nuevos “movilizados” y alude a que “actualmente basta que unos pocos actores sociales relevantes generen actividades políticas para que se sumen otros que no están ligados a instituciones o partidos. El sistema de medios electrónicos no es jerarquizado y esto permite una amplia convocatoria”.
CUANDO LOS OLVIDADOS marcharon
Quizás desde las manifestaciones del 2006 que no se veían multitudes tan numerosas en las calles y con tanta espontaneidad. La demanda central, entonces se relacionaba con un tema que tenía relegado al olvido a una masa estudiantil que exigía mejoras puntuales en el sistema de educación. “Hoy las demandas son más globales en relación a las de la revolución pingüina. Creo que estas protestas representan el deseo de la ciudadanía en general por expresar lo que siente y lo canaliza en estas instancias” opina Germán Westhoff, vocero de los estudiantes en ese entonces.
Germán es estudiante de Derecho y no ha acudido a las marchas. El joven se reconoce simpatizante de Piñera, pero se declara “consciente de los errores que ha cometido el Gobierno” y uno de ellos según Germán es que “la administración Piñera se ‘agrandó’ mucho y prometió excelencia y hoy la gente se lo está exigiendo en las concurridas movilizaciones”. Por otro lado, María Huerta, también vocera de los pingüinos en ese entonces, señala que “los ejes de poder no han dejado otra alternativa que ir a marchar nuevamente”.
Desde que María –hoy estudiante de orientación en mediación– vestía de escolar, su madre salía a marchar con ella “y eso no ha cambiado”, cuenta la ex vocera estudiantil, quien afirma que “estas instancias van más allá de las necesidades de un sector y conmueven a toda la población”. Además, María dice que una de las diferencias de estas marchas es que “están generando un nuevo espacio de conversación, ya que son eminentemente pacíficas”. Es así como un escenario bastante distinto al del 2006 se eleva para dar paso al debate en las calles y a un público que se reúne por primera vez.
Al tema verde se suman cuestiones que afectan a los chilenos en diferentes sentidos y que crean nuevas sensibilidades. “Antes no me sentía identificado con otras demandas”, dice Pablo (21), estudiante de turismo aventura en Valparaíso, “la protesta es contra el Gobierno que ha avalado una decisión que destruye a la naturaleza que me afecta como ciudadano y en mi futuro laboral, ya que abarca el área en que se desarrolla mi carrera: paisajes que pueden ser explotados de una forma ecológica”.
“La convocatoria de las protestas hoy se realiza a través de nuevas tecnologías que conforman redes de información alternativas a los medios de comunicación tradicionales. Si bien, estos canales han logrado conectar una masa cohesionada que se une para salir a las calles, llega un punto en que las marchas se dispersan: unos se quedan y otros se disgregan. La organización ha emanado de forma natural en este movimiento heterogéneo que en su mayoría no se pliega a partidos políticos, ya que al parecer en Chile no ha emergido ninguna fuerza partidista 2.0 que reúna tal cantidad de personas en una manifestación.




